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miércoles, 18 de octubre de 2017

Sin título






FEITO LÓPEZ, Luis (Madrid, 1929).
Sin título, 1972.
Óleo sobre lienzo.
Firmado y fechado al dorso.
Adjunta certificado de autenticidad, emitido por el artista.
Medidas: 147 x 114,5 cm; 148,5 x 117,5 cm (marco).
Nacido y formado en Madrid, fue uno de los miembros fundadores del grupo El Paso. En 1954 realiza su primera exposición individual, con obra de tendencia no figurativa, en la galería Buchholz de Madrid. Desde este momento Feito expondrá regularmente en las ciudades más importantes del mundo, como París, Milán, Nueva York, Helsinki, Tokio o Roma. Nombrado profesor de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en 1954, dos años después abandona la docencia y se marcha a París con una beca, a fin de estudiar los movimientos de vanguardia vigentes. En este periodo recibe las influencias del automatismo y de la pintura matérica. En 1962 se integra como miembro fundador en el grupo El Paso, con el que había perdido contacto en sus años en París. Sus primeros trabajos se inscriben dentro de la pintura figurativa, para a continuación atravesar una fase en la que experimenta con el cubismo, y finalmente adentrarse de lleno en la abstracción. Al principio sólo utiliza colores negros, ocres y blancos, pero al descubrir la potencialidad de la luz empieza a usar colores más vivos y con planos lisos. Evolucionó hasta emplear como contrapunto en sus composiciones el rojo (desde 1962) y, en general, colores más intensos. En su fase abstracta, que comprende la década de 1970, Feito muestra una clara tendencia hacia la simplificación, predominando en sus composiciones el círculo como forma geométrica. Posiblemente, el influjo del arte japonés se advierte en su preferencia por las grandes bandas de color negro. La mayoría de sus obras carecen de título, por lo que suelen reconocerse por una numeración que se les asigna. Entre sus galardones destaca su nombramiento como Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, en 1985. En 1998 recibe en Madrid la Medalla de Oro de las Bellas Artes, y es nombrado Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En el año 2000 se le otorga el Premio de la Asociación Española del Críticos de Arte en el salón Estampa, en 2002 el Gran Premio AECA al mejor artista internacional en ARCO, en 2003 el premio al artista más relevante en la Feria de Arte de Osaka (Japón), en 2004 el Premio de la Cultura de las Artes Plásticas de la Comunidad de Madrid, en 2005 el Premio Francisco Tomás Prieto de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, y en 2008 el Premio Fundación Jorge Alió y el Gran Premio de Arte Contemporáneo español CESMAI. Luis Feito está representado en los museos más destacados de todo el mundo, entre los que señalaremos la Galería de Arte Moderno de Roma, el Guggenheim, el MoMA y el Chase Manhattan Bank en Nueva York, los Museos de Arte Moderno de Tokio, París, Río de Janeiro y Montreal, el Lissone en Italia y la Albright Art Gallery de Búfalo.

Jacob y Raquel







ABRAHAM VAN DIEPENBEECK
(Bolduque, Países Bajos, 1596 Amberes, Bélgica, 1675)
“Jacob y Raquel”
Óleo sobre lienzo.
Medidas: 168,5 x 227 cm; 193,5 x 250,5 cm (marco).

En esta obra podemos ver el momento en el que el patriarca bíblico Jacob conoce a la que será su esposa, Raquel. El texto bíblico narra que, estando Jacob con sus ovejas, vio por primera vez a su prima Raquel, que se hallaba junto a un pozo, y se enamoró al instante de ella. En su estudio, Jorge Gutiérrez-García indica que se puede adjudicar la autoría de la obra a uno de los mejores discípulos de Rubens, Abraham van Diepenbeeck, como demuestra la gran similitud de estilo y características existente entre esta pintura y otras catalogadas de su mano. Además, existe otro cuadro con el mismo tema y con una composición muy similar, ejecutado por Diepenbeeck. En ambas pinturas vemos a Jacob a la izquierda, presentándose a Raquel realizando una leve inclinación. Ella, en el lado derecho de la composición, aparece sentada junto a un pozo. Los dos cuadros comparten por tanto el mismo esquema compositivo, con las ovejas del rebaño de Jacob en la esquina izquierda. Asimismo, se observa una clara cercanía en los acabados y texturas de las pieles de los animales, y de hecho en algunas zonas llegan a ser idénticos. Gutiérrez-García concluye, en base a estos datos, que la obra que aquí presentamos debió ser la continuación del modelo anterior mejorado. Continúa el autor indicando que los personajes aparecen vestidos con ropajes de épocas distintas, siendo el nuestro más cercano a la moda del siglo XVII, como se aprecia en los zapatos de Raquel, que en el otro lienzo se convierten en sandalias a la antigua. Sin embargo, Gutiérrez-García señala como prueba de la autoría compartida entre ambos cuadros los pies de Raquel, que en nuestra obra sufrieron una corrección, aunque en su primera forma seguían el modelo del cuadro anterior. Así, en el zapato del pie izquierdo hubo antes una sandalia idéntica a las de la otra pintura. Las sandalias de Jacob, en cambio, apenas sufren cambios entre una y otra pintura, y son casi idénticas, excepto por los colores empleados. Otro detalle curioso de ambas obras es que los personajes lucen sombreros a la manera del siglo XVII, algo que constituye una auténtica rareza, ya que rompe radicalmente con la ambientación en la Antigüedad, si bien es algo que Rubens hizo con frecuencia, siguiendo a los venecianos del siglo XVI. Así, esto constituye una muestra de la cercanía del autor con Rubens, quien hizo esto mismo en obras como “El festín de Herodes” (Madrid, Museo Lázaro Galdiano). Por otro lado, los sombreros que lucen aquí Jacob y Raquel son muy parecidos a los que podemos encontrar en dicha obra de Rubens. 
Otro detalle a tener en cuenta en ambas composiciones de “Jacob y Raquel”, según señala el autor del estudio, son los colores con los que aparecen trabajados ambos personajes: rojo para Jacob (aquí la túnica, en el otro lienzo en la capa) y amarillo para Raquel (en el vestido, en ambos casos).
Esta pintura presenta, por otro lado, dos marcas que debemos tener en cuenta, en el ángulo inferior derecho. Se puede leer “D10” y “2”. La primera de las marcas posiblemente alude al propio autor, identificándose la D con la inicial de Diepenbeeck, por lo que el número 10 podría ser una cifra de inventario, al igual que ocurriría con el número 2, casi con toda seguridad posterior.
Añade Gutiérrez-García que el gran formato de esta obra es un rasgo que evidencia claramente la maestría de su autor para trabajar una superficie tan extensa, sin perder calidad en ninguno de los elementos de la composición, ya sea en perspectiva, proporciones o texturas. Y este rasgo es muy propio de los pintores que colaboraron con Rubens, quienes le asistían en la ejecución de sus grandes obras. Por otro lado, el autor del estudio señala que las obras de Diepenbeeck suelen presentar formatos grandes, en torno al metro y medio por dos metros.
Abraham van Diepenbeeck fue un erudito y artista multidisciplinar (pintor, artista del vidrio, dibujante y proyectista) del siglo XVII. Se formó en el arte de la vidriera con su padre, en su Bolduque natal, si bien hacia 1621 se trasladará a Amberes, iniciando su carrera como autor de vidrieras (de hecho, en 1622 ingresa en el Gremio de San Lucas como maestro de pintura en vidrio). De esta primera época encontramos obras de su mano como las vidrieras de la catedral de Amberes con los actos de misericordia o las de la vida de san pablo en la iglesia de los dominicos de la misma ciudad. Sin embargo, tan sólo dos años más tarde, en 1623, ingresará en el taller de Rubens. Allí trabajará temas mitológicos e históricos, así como retratos, mostrando un lenguaje pictórico de gran habilidad y vigor y paleta colorida y vibrante. Diepenbeeck permanecerá el resto de su vida en Amberes, obteniendo la ciudadanía en 1636 y siendo admitido en el Gremio de San Lucas de la ciudad tan sólo dos años más tarde (ya como pintor de caballete). Jugó un importante papel en la escena pictórica de la época, y de hecho llegó en 1641 a ser director de la escuela que llegaría a ser la Academia de Bellas Artes de la ciudad. Sabemos que posteriormente realizó un viaje a Italia, a raíz del cual comenzará a realizar dibujos, muchos de ellos pasados al grabado por Cornelis Bloemaert. De hecho, su labor como dibujante le llevará un tiempoa Inglaterra, donde realizará las ilustraciones para el libro “Sistema general de la equitación en todas sus clases”, además de retratar al primer duque de Newcastle y a su familia. Varias fuentes indican que Diepenbeeck fue un miembro destacado del taller de Rubens, especialmente importante entre sus discípulos. Esta afirmación se sustenta principalmente en el hecho de que fue uno de los pintores que trabajaron en los cartones de “El triunfo de la Eucaristía”, la serie de tapices encargada por Isabel Clara Eugenia para el Monasterio de las Descalzas de Madrid. Actualmente se conservan obras de Abraham van Diepenbeeck en el Museo del Louvre, el hermitage de San Petersburgo, la Royal Collection y la Royal Academy de Londres, el Fitzwilliam de la Universidad de Cambridge, los de Bellas Artes de Amberes, Lyon y Burdeos, el Magnin de Dijon, el Episcopal de Haarlem, la Galería Nacional de Dinamarca y los Museos Reales de Bélgica, entre otras destacadas colecciones.

La Negación de San Pedro







Seguidor de ROMBOUTS, Theodoor (Amberes, 1597-1637).
“La Negación de San Pedro”. Siglo XVII.
Óleo sobre lienzo.
Medidas: 95 x 19 cm; 116 x 139,5 cm (marco).
La presenta obra muestra una composición muy elaborada, con una gran cantidad de figura en variadas actitudes recortadas sobre un fondo neutro, con un marcado contraste entre luces y sombras y un uso teatral de la iluminación. Este detalle, junto con los tonos escogidos en el lienzo, vincula la presente obra con los seguidores en estilo de Caravaggio, conocidos como caravaggistas. 
Temáticamente, se muestra el tema bíblico de la Negación de San Pedro, relacionado con el Ciclo de la Pasión de Cristo y que aparece en el Nuevo Testamento.
Es preciso destacar la cercanía a la obra del mismo tema (aunque hay variantes) realizada por Gerard Seghers hacia 1620-1625, conservada en la actualidad en el North Carolina Museum of Art (Estados Unidos). 
Theodoor o Theodore Rombouts fue un pintor flamenco del Barroco especializado en escenas de género, siguiendo el estilo caravaggista, influenciado por los pintores de esta tendencia que se habían establecido en Roma. 
Se formó en Amberes, primero con Frans o Franchois van Lanckvelt y después con Abraham Janssens (siendo posible que también estudiara con Nicolas Régnier). Viajó a Roma en 1616, quedándose para ampliar sus conocimientos en la ciudad hasta 1625: posiblemente, conoció en Florencia a Bartolomeo Manfredi, y quizá trabajó para Cosme II de Médici; en 1622 estuvo también en Pisa. 
A su vuelta a Amberes en 1625 ingresó en la Cofradía de San Lucas de pintores de la ciudad, y se casó con la hermana de Jan Philip van Thielen. Entre 1628 y 1630 ostentó un cargo de importancia en esa misma cofradía, y en 1635 colaboró con otros artistas en el programa de las decoraciones de la Gloriosa Entrada del Cardenal Infante Fernando en Amberes, bajo la dirección de Rubens.
Entre sus discípulos es preciso destacar a Nicolaas van Eyck, Jan Philip van Thielen y Paulus Robyns. Su trabajo se conserva sólo en algunas colecciones privadas de importancia en todo el mundo y en importantes instituciones como el Museo del Prado de Madrid, el Real Museo de Bellas Artes de Amberes, el Philadelphia Museum of Art de Estados Unidos, el Hermitage Museum de San Petersburgo, etc.

Escenas de la vida de San Blas







Escuela aragonesa, siglo XVI.
Escenas de la vida de San Blas
Óleo sobre tabla.
Medidas: 161 x 112 x 11 cm.

En esta obra vemos a la figura de san Blas acompañada por escenas de su vida. La pintura fue realizada por un artista aragonés que hibrida los esquemas aprendidos de los últimos maestros góticos con las nuevas tendencias renacentistas. Así, se mantiene la estructura de retablo propia de la edad media hispánica, con una “calle” o tabla central más ancha y alta, ocupada por la figura del santo titular, y dos “calles” laterales distribuidas respectivamente en dos “casas” o compartimentos, ocupadas por escenas narrativas. Pese a esta estructura tradicional, el artista muestra un gran interés por el paisaje, que ocupa algunos de los fondos de sus escenas, y por la perspectiva, que le ayuda a componer algunas de las escenas. El tratamiento de las ropas, por otra parte, renuncia a las telas de aspecto grueso y almidonado, con pliegues quebrados, propio de la pintura de filiación flamenca, para adoptar pliegues naturales y suaves, que se ciñen al cuerpo revelando la anatomía subyacente. 
En el centro se encuentra el santo con sus atributos del martirio, vestido con ropas clericales. Vemos cómo se sitúa en una estancia con un pavimento geométrico utilizado para construir el espacio en perspectiva, y tras él aparece una tapia que se abre para mostrarnos un paisaje. Este esquema compositivo se repite de igual forma en otras obras del gótico aragonés, como la representación de san Blas de la tabla central del retablo de la iglesia de San Salvador en Luesia (Zaragoza), pintada por Martín de Soria.
A los lados de la imagen central de la tabla tenemos otras cinco escenas. La primera comenzando por la esquina superior izquierda nos muestra al santo en un entorno de paisaje, rodeado de animales a los que está bendiciendo. Esta escena alude al hecho de que san Blas es conocido por sus curaciones no sólo a personas, sino también a animales. Debajo de esta imagen vemos al santo asomado a una ventana, bendiciendo también a una mujer, probablemente para propiciar su curación. En la esquina superior derecha aparece el santo frente a una autoridad que le va a juzgar por no rechazar la fe cristiana. Seguidamente, en la escena inferior, vemos el martirio del santo. Sus verdugos arrancan la piel del santo con unos cardadores de lana metálicos, como narra la hagiografía. Finalmente una última escena corona la obra, un Calvario que representa a Jesús en la cruz, con la Virgen y san Juan Evangelista a sus pies. Esta escena es la única que no ilustra la vida de san Blas, y responde a un deseo de ensalzar y defender la fe a través de la propia vida, ya sea en la vida de Cristo, terminada con la Pasión, o la de san Blas, culminada en su martirio.
San Blas fue un médico y obispo de finales del siglo III y principios del IV, que vivió en la ciudad de Sebaste, en la actual Armenia. Hizo vida eremítica en una cueva del bosque del monte Argeus, que posteriormente se convertiría en su sede episcopal. Durante la persecución contra los cristianos de principios del siglo IV fue hallado en esta cueva y apresado. Se le insistió en renegar de su fe, y estando en prisión enfureció al pretor tras sanar a los presos que se encontraban con él, por lo que fue condenado a muerte y arrojado a un lago. Sin embargo, el santo sobrevivió al caminar sobre las aguas, mientras que sus verdugos perecieron. Su martirio llegaría entonces de forma más sanguinaria, pues fue ejecutado mediante cardadores metálicos del tipo utilizado para trabajar la lana, que como rastrillos desagarraron su piel hasta que murió desangrado. Este martirio fue aplicado también a un grupo de mujeres que, al igual que san Blas, se negaron a rechazar su fe. El culto a san Blas se extendió por todo Oriente, y más tarde también por Occidente. Es actualmente considerado patrono de los enfermos de garganta y los otorrinolaringólogos, además de ser patrono del Paraguay, de diversas ciudades españolas y de Dubrovnik, en Croacia, donde su festividad se remonta como mínimo al año 1190.

San Juan Bautista





Escuela Romana, hacia 1600
"San Juan Bautista"
Óleo sobre tabla.
Medidas: 75 x 55 cm; 97,5 x 72 cm (marco)

San Juan Bautista porta un bastón con una cinta enlazada en la que se leen las palabras que pronunciadas al reconocer a Jesús en el río Jordán: "Ecce Agnus Dei" ("He aqua el Cordero de Dios"). El cordero que lo acompaña simboliza a Cristo. La armonía compositiva y cromática, el justo equilibrio entre la belleza ideal del clasicismo que refleja el canon corporal y la fidelidad a una lógica veraz en las adustas facciones, entre la perspectiva lineal y atmosférica, así como la dignidad que emana del interior del personaje, sólo puede responder a un pintor que conoce la pintura de Rafael.

Cristo de la Humildad y la Paciencia







Escuela española del siglo XVII. Círculo de MURILLO, Bartolomé Esteban (Sevilla, 1617 – Cádiz, 1682).
“Cristo de la Humildad y la Paciencia”. 
Óleo sobre lienzo. 
Medidas: 49 x 37 cm; 60 x 47 cm (marco).
Obra atribuida a Bartolomé Esteban Murillo, según estudio de Dr. José Piñol Barrull, emitido en 1999. 
Medidas: 32 x 22 cm; 40 x 30 cm (marco).
Según defiende el crítico de arte Dr. José Piñol Barrull, podría tratarse de un boceto realizado por el propio Murillo para un cuadro posterior.
Imagen devocional en la que se representa la imagen del Señor de la Humildad y la Paciencia, tema iconográfico procedente del norte de Europa y difundido por zonas meridionales a partir del siglo XV. La manifestación de la tristeza de Cristo en dicho tema iconográfico se vincula con el llamado “Temperamento saturnino”, a su vez relacionado con las iconografías alemanas del Varón de Dolores, que Durero plasmó en sus grabados de la pequeña y gran Pasión. 
El artista, perteneciente al círculo del maestro Bartolomé Esteban Murillo, representa a Jesús profundamente abatido y triste, sedente sobre una caja, esperando el momento decisivo de la Crucifixión. De esta manera, apoya su cabeza sobre su mano izquierda, mientras medita sobre los tormentos recibidos y las angustias que le abordan. En esta ocasión se representa a Cristo ante un fondo austero, neutro, si bien en otras ocasiones se le representa absorto entre la multitud. 
Se trata de una imagen de hondo dramatismo, típicamente barroco, realzado por la expresión de su rostro. La atmósfera atormentada en que respira Cristo plasma un personaje ensimismado, con una intensa vida interior, lleno de melancolía y renunciamiento ascético, propio de las doctrinas contrarreformistas que convirtieron a Murillo en el pintor de la Contrarreforma. La pieza presenta los trazos delicados que configuran la belleza característica de Murillo, cuya suavidad y dulzura enmarcan la obra dentro de la escuela sevillana. 
La influencia de Murillo fue clave para el desarrollo del pleno barroco no sólo en la escuela sevillana, sino también en otros focos. Considerado por algunos como el pintor que mejor define el barroco español, este maestro ejerció una notabilísima influencia entre sus contemporáneos sevillanos y, tras su muerte, su estela puede hallarse en otras escuelas incluso hasta el día de hoy, especialmente en lo referente al arte religioso. En el siglo XVIII su lenguaje y sus fórmulas iconográficas serán muy seguidos y repetidos, y durante el Romanticismo se realizaron numerosas copias de sus obras. No obstante, será en el barroco del siglo XVIII cuando más se aprecie la importancia de su influjo, difundido por sus numerosos discípulos y seguidores. De hecho, en dicha centuria fue el pintor español más conocido y apreciado fuera de España, el único del que Sandrart incluye una biografía en su “Academia picturae eruditae”, una obra de finales del siglo XVII.

Ecce Homo



Escuela española del siglo XVIII.
“Ecce Homo”.
Pintura sobre vidrio.
Marco de época.
Medidas: 33 x 29 cm; 50 x 33 cm (marco).

Imagen devocional barroca española, realizada en el siglo XVIII sobre vidrio, lo que dota a los colores de una especial transparencia y luminosidad. Se trata de la representación del Ecce Homo, con Jesús de busto, con rostro sufriente y resignado, cubierto por las gotas de sangre que manan de las heridas de su frente y de sus ojos, con la soga al cuello, la caña en la mano, el manto carmesí y la corona de espinas. Sobre su cabeza aparecen los extremos de un nimbo crucífero dorado, destacados sobre el fondo neutro de tono pardo.
El tema del Ecce Homo pertenece al ciclo de la Pasión, y precede inmediatamente al episodio de la Crucifixión. Siguiendo esta iconografía, se presenta a Jesús en el momento en que los soldados se burlan de él, tras coronarle de espinas, vestirle con una túnica púrpura (aquí roja, color simbólico de la Pasión) y colocarle una caña en la mano, arrodillándose y exclamando “¡Salve, rey de los judíos!”. Las palabras “Ecce Homo” son las pronunciadas por Pilatos al presentar a Cristo ante la multitud; su traducción es “he aquí el hombre”, frase mediante la cual se mofa de Jesús y da a entender que el poder de Cristo no era tal frente al de los dirigentes que allí le estaban juzgando.

Songye Bishimba Sculpture





Circa
20th Century AD
Dimensions
22″ (55.9cm) high x 7″ (17.8cm) wide
Medium
Wood
Origin
Southeasten Congo
This powerful sculpture of a standing man was made by the Songye people of what was once Zaire. It deviates somewhat from the conventional form in terms of proportions, detailing and decoration, although the general look is traditional. It has short legs with angular buttocks, an unusually short torso, hands resting on the prominent abdomen and a thick, columnar neck. The head is short and round, with a protruding horn atop the head. The face is expressive due to the inset brass tacks in the eyes, as well as the figure-of-eight mouth and wide, blunt nose. The penis is stubby and thick, and the figure also demonstrates a large navel, a decorative panel on the chest, low-relief fingers and toes and a double rope of trade beads around the neck. It also demonstrates a glossy, dark patina.
The Songye people are based in the Democratic Republic of Congo (formerly Zaire). They were founded in the 16th century following an exodus from the neighbouring Shaba area, settling near to the Lualuba River. There are around 150,000 Songye divided into subgroupings that are under the governorship of a central chief known as the Yakitenge. More local governance is in the hands of chiefs known as Sultani Ya Muti. Their economy is based upon agriculture and pastoralism.
The Songye are perhaps best known for their artworks, which are both institutional and domestic/personal in nature. Their best-known artefacts are masks created for members of the Bwadi Bwa Kifwebe. The word kifwebe means “mask” in Songye, and describes long-faced creations decorated with curvilinear designs. Crested examples are male, while plain-topped ones are female; these interact during masquerades to demonstrate the contrasting virtues of power (male) and familial values (female). The most impressive figural works are wooden sculptures that are usually decorated with feathers and other organic materials, and which are known as Bishimba. Their magical powers are contained within the horn that’s is usually inserted into the top of the head, which may contain objects such as organic residues, grave earth and biological objects such as feathers, claws or fur. The navel may also be used to situate a bilongo (packet of magical materials). The figures are often adorned with gifts in the form of furs, bells and other objects that are used to dress the figure; they also tend to receive libations, physical manifestations of appeals made for spiritual assistance.
This piece has clearly received such attentions, and was probably a large domestic or small centralised devotional figure. It is a very striking piece of African art.


Kongo Wooden Nkisi Sculpture of a Rider





Circa
20th Century AD
Dimensions
19.375″ (49.2cm) high x 6″ (15.2cm) wide
Medium
Wood
Origin
Southwestern Congo
This unusual figure of a man mounted on what appears to be a pig is a magical device from the Kongo kingdom. The figure’s abdomen bears a magical protuberance that represents an addition often made from magical items – such as grave earth from the grave of an important person, blood and other organic material – that was affixed as a lump to the figure, thus endowing it with power. Sometimes substituted with magical materials such as glass or mirrors, the “bilongo” was the most significant part of these figures, which were appealed to for supernatural help in times of adversity. Some variants were perforated with nails or otherwise damaged in order to awake the wrath of the spirit to go forth and smite the object of the plaintiff’s complaints; the current piece, with its stylistic features, mirror, and lack of nails, is stylistically more akin to the Vili tribal style.
The figure is carved from a light wood, and depicts a man seated upon the back of a pig. His right hand is raised above his shoulder and is socketed, implying that it once held a weapon. The face is turned slightly upwards and bears an aggressive expression with open mouth and staring eyes. He is evidently of high status, with three bracelets on his right wrist, one armlet on his left bicep and an ornate feather headdress that has been applied to the figure using a textile band. He is otherwise naked, his body roughly in proportion although somewhat dwarfed by his head, with smoothing and blurring of anatomical details such as musculature. The midriff bears a box-like arrangement with a fragment of mirror, upon which he is resting his left hand. The animal upon which he sits is out of proportion to his stature – reminiscent of Yoruba equestrian figures – with a snub nose, short, thick legs and nugatory detailing. While unpainted, the entire piece has been polished to a dull shine, accentuated with the remnants of white pigment – perhaps kaolin – that have remained in the fissures between the limbs etc.
The Kongo (or Bakongo) people live in the Democratic Republic of the Congo, Angola and the Congo. By the end of the 15th century the Kongo were living in a series of loosely-connected yet autonomous kingdoms, to include Kongo, Ngoyo, Vungu and Kakongo, followed by the increasingly powerful Bakongo kingdom, Loango, at the start of the 16th century. This coincided with the arrival of the first Portuguese explorers, with whom they had a reasonably peaceful relationship for some time. The kingdom absorbed European traditions and religion without bloodshed, and, more importantly, with much of their indigenous culture intact. While matters deteriorated subsequently, partly due to wars with other tribal groups (notably the Yaka), the Kongo tribes have survived relatively well as cultural entities and have seen a resurgence since their independence in 1960.
Indigenous Kongo society was based around the kingship model, with extensive arrays of civil servants and court officials not unlike that of the Nigerian Kingdom of Benin. Owing to the large size of the area in which they live, this group is often unable to communicate and has to rely upon French/Portuguese or creoles based upon them. Their religious beliefs have a far wider circulation, and are based around a reverence for the dead who are believed to be able to assist in the determination of future destinies. They are also believed to inhabit minkisi (singular nkisi), or charms, that can be appealed to for assistance in times of duress or uncertainty. The most notable pieces of Kongo sculpture are the Nkisi Nkondi figures – often referred to as nail fetishes – which carry a packet of magical materials known as a bilongo; the figures are insulted and “hurt” with explosions and nails so that they will carry out the wishes of their tormentor. Various other categories also exist, such as the ntadi limestone grave markers and maternity figures with characteristic open-mouths, almond-shaped eyes and detailed surface work.
According to the astonishingly detailed “vocabulary” of Kongo gestures (bimpangula), this figure is in a pose known as “telama lwimbanganga” – literally, “standing against power”. This pose denotes that the plaintiff’s enemies no longer have access to him/her, and that the figure is a wall or barrier between them and any further harm. The right hand usually held a sceptre of power or a weapon; the nkisi nkondi “nail fetishes” also display fearsome facial expressions designed to strike fear into the hearts of miscreants, and indeed the facial expression of the current individual is certainly one of aggression. Unlike the nkisi nkondi, however, his eyes are not inlaid with glass or mirrors. Nonetheless, he was undoubtedly believed to have possessed punitive powers, and was probably invoked in order to restore order to the village where he was displayed.
This is a striking, and possibly unique, piece of Kongo/Vili magical paraphernalia, and an outstanding piece of African art in its own right