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jueves, 11 de junio de 2020

Vi­si­ta­ción de la Vir­gen a Santa Isa­bel








FRANS FRAN­CKEN III (Am­be­res, Bél­gi­ca, 1607 – 1667) y JAN BRUEGHEL EL JOVEN (Am­be­res, Bél­gi­ca, 1601 – 1678)
Óleo sobre cobre.
En­ga­ti­lla­do.
Me­di­das: 35,5 x 45 cm; 49 x 59,5 cm (marco).
En esta pin­tu­ra al óleo sobre cobre Fran­cken III re­pre­sen­ta la Vi­si­ta­ción, con María y su prima en pri­mer tér­mino, abra­za­das, y sus es­po­sos en se­gun­do plano. Sobre las dos mu­je­res se sitúa un rom­pi­mien­to de Glo­ria que inun­da de luz do­ra­da la es­ce­na, y en cuyo cen­tro des­ta­ca el Es­pí­ri­tu Santo en forma de pa­lo­ma. La com­po­si­ción se abre a un pai­sa­je tra­ba­ja­do en gran pro­fun­di­dad en el lado iz­quier­do, mien­tras que se cie­rra en el de­re­cho me­dian­te una ar­qui­tec­tu­ra clá­si­ca, en una com­po­si­ción tí­pi­ca del ba­rro­co cla­si­cis­ta de in­fluen­cia ita­lia­na. Des­ta­ca for­mal­men­te el tra­ta­mien­to del pai­sa­je, tra­ba­ja­do a base de pla­nos que se su­ce­den en pro­fun­di­dad, en tonos azu­la­dos, di­fu­mi­na­dos por la dis­tan­cia, si­guien­do la tra­di­ción del pai­sa­je fla­men­co, es­ta­ble­ci­da ya en el siglo XV. Tam­bién la acu­sa­da na­rra­ti­vi­dad, que vemos en la pre­sen­cia del pe­rri­to en el pri­mer plano, o en la ac­ción que se desa­rro­lla entre los dos hom­bres, que se sa­lu­dan y con­ver­san, es un rasgo tí­pi­co de la es­cue­la fla­men­ca.
La es­ce­na, alo­ja­da en una car­te­la oval ho­ri­zon­tal, queda en­mar­ca­da por una rica y sun­tuo­sa de­co­ra­ción, tí­pi­ca­men­te ba­rro­ca, a base de gran­des flo­res, ces­tos de fru­tas, cin­tas for­man­do de­li­ca­dos lazos e in­clu­so un pa­ja­ri­llo, en una com­po­si­ción or­na­men­tal de gran de­li­ca­de­za y un rea­lis­mo tal que roza el ilu­sio­nis­mo. Esta guir­nal­da está rea­li­za­da por Jan Brueghel el Joven, en una co­la­bo­ra­ción entre maes­tros tí­pi­ca del ba­rro­co fla­men­co, una es­cue­la en la que la es­pe­cia­li­za­ción de los pin­to­res en gé­ne­ros (fi­gu­ras, bo­de­go­nes, ani­ma­les, in­te­rio­res, ar­qui­tec­tu­ras, etc.), hizo fre­cuen­tes este tipo de tra­ba­jos con­jun­tos.
En el epi­so­dio de la Vi­si­ta­ción María, des­pués de la en­car­na­ción del Verbo en su seno, vi­si­ta a su prima Isa­bel que es­pe­ra­ba un niño, quien será san Juan Bau­tis­ta. Isa­bel re­co­no­ce en­ton­ces a María como la madre de Dios con estas pa­la­bras: “Ben­di­ta tú eres entre todas las mu­je­res por haber cum­pli­do lo que el Señor te mandó. ¿Quién soy yo para que la Madre de mi Sal­va­dor me vi­si­te?”. Este epi­so­dio es un ejem­plo de ser­vi­cio y en­tre­ga a los demás, pues se toma como mo­de­lo a la Vir­gen María. Se trata de una es­ce­na re­pre­sen­ta­da con fre­cuen­cia en el arte a lo largo de la his­to­ria, si bien ha­bi­tual­men­te se en­cuen­tran las dos mu­je­res solas, o en todo caso acom­pa­ña­das por fa­mi­lia­res.
Hijo de Frans Fran­cken II, fue el úl­ti­mo miem­bro de la im­por­tan­te fa­mi­lia de pin­to­res de este ape­lli­do. Fi­na­li­za­da su for­ma­ción, entró en el Gre­mio de San Lucas de Am­be­res, su ciu­dad natal, en 1639, y llegó a ser de­cano de esta ins­ti­tu­ción en 1656, cargo que ocupó du­ran­te un año. Fran­cken III desa­rro­lló una obra he­re­de­ra de la de su padre, y de hecho sus pin­tu­ras se con­fun­den a me­nu­do, de­bi­do a que ambos uti­li­za­ron idén­ti­ca firma. Así, vemos en su pro­duc­ción la in­fluen­cia de Jan Brueghel de Ve­lours y de sus an­te­ce­so­res de la fa­mi­lia Fran­cken, así como deu­das con el ma­nie­ris­mo y la pin­tu­ra del siglo XVI, apre­cia­bles tanto en la es­truc­tu­ra de las com­po­si­cio­nes como en el ritmo y la ex­pre­sión de las fi­gu­ras. Ade­más, como ocu­rría en la obra de su padre, sus per­so­na­jes in­clu­yen alu­sio­nes evi­den­tes a la obra de ar­tis­tas ita­lia­nos como Ra­fael, Ve­ro­nés o Zuc­ca­ro. Sin em­bar­go, las obras del hijo se ca­rac­te­ri­zan por una ma­ne­ra menos ro­tun­da y una fac­tu­ra más suave que las de Fran­cken II. Es fre­cuen­te la re­uti­li­za­ción de mo­ti­vos con­cre­tos de cua­dros del padre en la pin­tu­ra del hijo, quien tam­bién ma­ni­fies­ta prés­ta­mos pic­tó­ri­cos pro­ce­den­tes de al­gu­nas obras ho­lan­de­sas. Sus prin­ci­pa­les tra­ba­jos se basan en la in­cor­po­ra­ción de fi­gu­ras en los cua­dros de in­te­rio­res de igle­sias fla­men­cas de Lu­do­vi­cus Neefs, de los que son bri­llan­te ejem­plo las dos con­ser­va­das en el Museo del Prado

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